Foto: Alberto Otero
En un panorama audiovisual cada vez más saturado de estímulos y prisas, Javier Olivares sigue defendiendo algo mucho más difícil de lo que parece: la verdad. Más de tres décadas como guionista y productor ejecutivo avalan a uno de los nombres clave de la ficción española, responsable de títulos que ya forman parte de la memoria colectiva como Isabel o El Ministerio del Tiempo, y que han sabido conjugar historia, emoción y una mirada contemporánea poco complaciente. Formado entre la pasión por el teatro y maestros como Helio Pedregal o William Layton, Olivares —que quiso ser actor antes que escritor— ha construido una carrera basada en una idea muy clara: la emoción y la verdad son lo único que no cambia cuando se cuenta una buena historia.
A lo largo de los años, su trabajo ha transitado géneros y formatos, pero siempre con una misma exigencia: no escribir nunca desde la inercia. Quizá por eso sus proyectos más emblemáticos marcan un antes y un después, no solo en su trayectoria, sino también en la forma de entender la televisión en España. Más reciente es su trabajo en Ena, donde sigue explorando personajes y relatos con esa mezcla de intuición, rigor y riesgo que define su sello.
En esta conversación con Actores Actrices Revista, Olivares habla del oficio sin adornos y con honestidad, desde la importancia de escribir pensando en los actores y actrices hasta la precariedad que aún atraviesa el sector. Reivindica el valor de escuchar, y recuerda que, en esencia, todo se reduce a una necesidad casi vital. Porque, como él mismo dice, mientras exista el ser humano, seguiremos necesitando historias “como el aire que respiramos”.
Rodaje de El Ministerio del Tiempo. Foto: Tamara Arranz.
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Llevas más de 30 años en el audiovisual como productor ejecutivo y guionista, ¿qué dirías que no ha cambiado nunca cuando se trata de contar una buena historia?
La emoción y la verdad. Saber que el público es, como mínimo, tan inteligente como tú. Y el punto de vista personal del que escribe y crea. Sin todo eso, si el creador se convierte en mero eco de cosas hechas antes, trabaja al dictado de otros, y lo que escribes nace muerto. Y si tragas con todo eso, tú también vas muriendo poquito a poco.
Después de tantos años en el sector, ¿qué fue lo que te enganchó al audiovisual al principio y qué hace que sigas aquí hoy?
Soy teleadicto desde niño. Pero mi formación le debe mucho a mi pasión por el teatro y al TEC, donde aprendí de Helio Pedregal, Miguel Narros, William Layton, Carlos Hipólito… Tenía 18 años y quería ser actor, pero lo que aprendí fue a escribir, a saber que nunca una estupidez se pone en boca de un actor. Que el silencio forma parte de un diálogo. Y que para los personajes escuchar es tan importante como hablar. De base, soy un guionista del Método. Con el tiempo, entendí que sigo aquí porque no me basta con vivir una sola vida.; por eso imagino las vidas de otros.
¿Qué proyecto sientes que marcó un antes y un después para ti?
Tres: Infidels (para TV3) e Isabel y El Ministerio del Tiempo (ambas para TVE).
A lo largo de tu carrera has pasado por distintos géneros y formatos. ¿Hay alguno al que siempre te apetece volver?
Me apasionan todos. Como creador y (lo que es más importante) como espectador. Lo que sí creo es que aquí se ha hecho muy poca fantasía y ciencia ficción y series de aventuras.
El Ministerio del Tiempo se convirtió en una serie que generó comunidad, identidad y un tipo de espectador muy fiel. ¿Eras consciente de eso mientras la hacíais o fue algo que os sorprendió?
No, solo pensaba que había que ponerla en pie. Era mi vida, mi hermano que se me iba… Y había que hacerla bien. Pensar, a priori, que tu trabajo va a tener un impacto así es de prepotentes. Y hay que ser humilde con estas cosas. Porque quien certifica que tu obra es buena es el público. Nadie más.
El Ministerio del Tiempo. Fotos: Tamara Arranz
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Con El Ministerio del Tiempo solo pensaba que había que ponerla en pie; era mi vida, mi hermano que se me iba... Y había que hacerla bien.
Cuando un proyecto funciona y se alarga en el tiempo, ¿empiezas a escribir ya pensando en las herramientas concretas de los actores y actrices que tienes?
Cuando escribo siempre pienso en un actor o actriz concretos. En El Ministerio del Tiempo, ya antes de venderla, Pablo y yo teníamos en la cabeza al reparto esencial de la serie y escribimos los primeros capítulos. Menos mal que luego todos quisieron hacerla. Antes de escribir Pacino, llamé a Hugo Silva. Si hubiera dicho que no, Pacino jamás habría existido.
Y ¿cómo se gestionan las expectativas en las siguientes temporadas o trabajos después de un éxito?
Cada creación parte de cero. Te haya ido en la anterior bien o mal. Lo importante es tener algo que contar. Porque si no lo tienes, da igual que escribas bien o no. Mejor dicho: escribir bien es tener algo que contar y necesitar contarlo.
Has trabajado bastante la ficción histórica, como en Isabel. ¿Qué te da ese tipo de historias que no encuentras en otros géneros?
La satisfacción de contar nuestra Historia. Las series de la BBC y la TVE clásica eran mi modelo. Cumplían una función esencial: entretener y, además, difundir cultura. Con que lo haya hecho la mitad de bien que ellos, tan feliz.
Has trabajado con muchísimos actores y actrices a lo largo de tu carrera. ¿Qué es lo primero en lo que te fijas cuando ves a alguien en un casting?
En su capacidad de lectura y de escuchar.
Con el auge de plataformas y la cantidad de producción actual, ¿hay más oportunidades reales para los actores o también más competencia que no se ve? Es decir, ¿el aumento de producción se traduce en más trabajo sostenido para los intérpretes?
No. Sus condiciones laborales y económicas (incluso creativas) me parecen muy mejorables. Como las de los que escribimos. Veo muchos ejemplos de que ni vosotros ni nosotros parece que seamos piezas claves de una industria en la que nada existiría con un folio en blanco y, una vez escrito, sin los que prestáis cuerpo y alma a los personajes.
Además, el consumo de las plataformas digitales conlleva a la producción en masa, ¿crees que se está escribiendo más rápido de lo que permite la calidad?
Escribas lento o rápido, lo que importa es el talento. Acabo de tutelar el laboratorio SGAE de series. Todos los proyectos eran dignos, pero había varios espectaculares. De gente nueva. Se han matado a moverlos. Yo he utilizado los contactos que creía podían valer. Nada. Es decepcionante, porque captar nuevo talento es esencial.
Foto: Alberto Otero
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Quien decide si una obra es buena o no es el público, nadie más.
Ya no hay una industria americana o española, cualquier película o serie necesita tener un concepto global, aunque sea un presupuesto grande o pequeño, las fronteras han desaparecido
¿Hay algún actor o actriz con el que hayas trabajado recientemente que te haya sorprendido especialmente?
Sí, en Ena. Kimberley Tell por su pasión y su intuición. Y Natalia Huarte porque domina todos los registros, es impresionante.
¿Notas cambios en cómo se escriben los personajes pensando en los actores y actrices jóvenes de la sociedad actual?
Lo que noto es cuando me están contando algo o no. Y no dudo de que los personajes estén creados pensando en esos jóvenes actores. Lo que tengo claro, en un 90%, es que no muestran la sociedad actual. Ni de lejos.
¿Cuál ha sido alguna de las situaciones más inesperadas o surrealistas que has vivido en un rodaje o desarrollo de serie?
Contaré una que me pareció mágica. En el rodaje del capítulo de la Residencia de Estudiantes, en la primera temporada de El Ministerio del Tiempo, estaba hablando en una pausa con Rodolfo Sancho y Nacho Fresneda, y de repente se pusieron a mirar detrás de mí sin escucharme. Les cambió el gesto, estaban impresionados. Me giré y vi que venía Ángel Ruiz ya vestido de Lorca. Ángel saludó y se fue para el set. Nacho, sin perderle de vista, me dijo: "Joder, es como si estuviera actuando con Federico en persona". Rodolfo sonrió y dijo: "¿Es que no es él?".
¿Qué haces con las ideas que descartas: las guardas o las dejas morir?
Nunca tiro nada. Aunque sepa que nunca se convertirán en serie. Me recuerdan la ilusión que tuve al hacerlas, con quien las hice (esencialmente mi hermano Pablo)… Algunas de ellas, incluso, sin venderlas, nos ayudó a que la gente que las leía nos llamara para otras cosas. Merecen respeto.
¿Qué hace que un personaje funcione de verdad?
La verdad y la credibilidad. Que sea poliédrico, que tenga aristas. Todos tenemos cosas malas, buenas y muchas zonas grises: ellos también. Pero, sobre todo, que tenga unas motivaciones fuertes para hacer lo que hace.
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Rodaje El Ministerio del Tiempo. Foto: Tamara Arranz
Todos tenemos cosas malas, buenas y muchas zonas grises: los personajes también.
¿De dónde nacen tus mejores ideas: de la observación, de la experiencia o del conflicto?
Uno siempre escribe sobre aquello que ha vivido (o cree haberlo hecho: la memoria es muy engañosa), sobre lo que ha visto, leído o le han contado… Y sobre lo que hubiera querido vivir y nunca ha tenido la suerte de hacerlo… Con todo eso, si no escribes (en el género y estilo que sea) algo que defina los tiempos en los que vivimos, lo que te (nos) duele, muy probablemente lo que escribas será una mierda.
¿Qué te ha enseñado tu trabajo que quizá no se ve desde fuera?
A aprender de todas las cosas. Para escribir, antes hay que documentar, estudiar. Y estudiar cosas que no conoces es maravilloso.
Con tantos años de experiencia, ¿hay algún proyecto que no saliera adelante y que todavía te gustaría recuperar?
Mi novela sobre Felipe II y una adaptación a serie de La Tournée de Dios, de Jardiel Poncela. Y otros dos que van a pasar a ser novela: Líneas Rojas y Vida Extra. El primero habla de la corrupción y del impacto que tiene en vidas anónimas, víctimas que nadie reconocerá que lo son. cuenta cómo unos ancianos se despiertan un buen día con 20 o 30 años y tienen que vivir una nueva vida. Es un homenaje a nuestros mayores que tanto han hecho por nosotros y tan mal los tratamos.
¿Dónde crees que está el futuro de las historias?
En nuestra propia esencia como seres humanos. Todos hemos sido niños que deseábamos que nos contaran cuentos. Y, cuando crecemos, queremos que nos sigan contando historias con las que soñar, que nos desvelen la realidad para disfrutarla o esquivarla. Mientras que el ser humano exista, siempre habrá alguien que contará historias. Porque las necesitamos como el aire que respiramos.
Isabel. Foto: Tamara Arranz
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Mi trabajo me ha enseñado a aprender
de todo; y estudiar cosas que no conoces es maravilloso.
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Ena. La reina Victoria Eugenia. Foto: Olga Martín.
Texto por Fátima L. Ortiz
Diseño web por Alfonso Gómez
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