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el laboratorio william layton:

60 años de trayectoria

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Las escuelas de formación de actores y actrices somos las responsables del trabajo de muchos intérpretes.

Carmen Losa

11 de octubre de 2019/

En las últimas décadas el número de escuelas de Interpretación ha ido creciendo de manera exponencial. Indudablemente ha sido una fuente de trabajo para actores y actrices que no podían ejercer la profesión con la continuidad que hubieran deseado. Algunos con buena experiencia en su haber, otros con menos horas de vuelo. Crear una escuela requiere una buena dosis de trabajo, pero aún más se necesita para mantenerla.

 

Los jóvenes que se planteaban empezar en esta profesión en nuestro país hasta mediados del siglo XX procuraban entrar en una compañía a trabajar en lo que fuera: tramoya, utilería, traspunte, luces, sastrería. Entre bastidores miraban durante la función a los actores y las actrices, se fijaban en cómo decían el texto, cómo proyectaban su voz hacia la platea, cómo crecía su cuerpo nada más dar un paso hacia la escena. Aprendían a actuar mirando a otros hacerlo. Y un día conseguían su primer papel, decían sus primeras palabras cara al público, igual que lo habían visto hacer a aquella actriz, a aquel actor a quien admiraban. Era el meritoriaje, la "escuela" a la que se asistía cuando no existían las escuelas. A partir de esos primeros pasos, el aprendizaje se hacía sobre las tablas y, de igual manera, delante de las cámaras; porque no hay que olvidar que la interpretación se produce en teatro, cine o televisión –y algunos otros medios en los últimos años–. Es preciso señalar que desde antes ya había escuelas de declamación, donde se instruía en decir los textos de una manera clásica, con la corrección del buen hablar, la colocación de la voz y la práctica de la tonalidad, junto con la apostura física que favorecía la comprensión por parte del público de lo que sucedía en la escena. Sin embargo, hasta la llegada a España del "método" en los años 60, la considerada como verdadera escuela era la experiencia.

 

Desde la Poética de Aristóteles, son muchos los que han escrito sobre la interpretación a lo largo de los siglos, fluctuando en la dialéctica entre corrección y naturalidad. Lo que plantea Stanislavski a finales del XIX es precisamente una reflexión activa sobre el artificio de la impostura, comienza a deconstruir el armazón interpretativo para desarrollar otra manera de trabajar; y con un grupo de actores prueba a hacer otras cosas, a cuidar lo que sucede en la escena sin descuidar cómo hacerlo. Eso es lo que sigue distinguiendo a unos de otros: lo que contamos y cómo lo contamos. Y esto mismo es lo que preocupa a quienes comienzan su formación, una de las preguntas que más hacen quienes empiezan en las clases: "¿Cómo lo hago?" "Y eso, ¿cómo se hace?" El quién, el qué y el cómo son la base del trabajo interpretativo, antes de llegar al porqué. El porqué siempre está, aunque no lo detectemos a simple vista. Luego habrá otras preguntas, algunas que a veces tienen más que ver con la propuesta o el estilo: el cuándo o el dónde. Cuando William Layton incide sobre el porqué, esa cuestión contiene todas las preguntas, nos conduce a la búsqueda sobre el sentido de lo que pasa en la situación imaginaria de las escenas, de los textos de ficción, ya sean obras teatrales o guiones. El qué y el porqué proporcionan herramientas que impregnan de valor el trabajo interpretativo: nos revelan dónde está la atención del personaje y por tanto dónde debe estar la atención del intérprete.

 

Después de su aprendizaje del método Stanislavski con Sanford Meisner y su experiencia en el Group Theater, Layton llega por primera vez a España en 1955 y entra en contacto con Miguel Narros, con el que comienza a desarrollar su laboratorio en el Teatro Estudio de Madrid en 1960. Ese es el origen del Laboratorio William Layton.

 

En una época en la que cuesta dilucidar lo auténtico de lo ilusorio, quisiéramos, desde un lugar con más de sesenta años de trayectoria, dirigir la mirada hacia algunos argumentos que se mantienen a pesar del ruido y del efecto, unas pocas ideas que hacen que el ser humano siga hacia delante por encima de obstáculos llamativos y engañosos. Las escuelas de formación de actores y actrices somos responsables del trabajo de muchos intérpretes. Se nos debe exigir una sólida preparación, experiencia profesional en el equipo de profesores, coherencia y adecuación en la didáctica, ética en el trabajo y respeto a los que vienen a formarse con nosotros. Deberíamos además establecer un equilibrio entre la transmisión del legado que recibimos de nuestros maestros y la apertura para renovarnos y comprometernos en la evolución de los lenguajes y estilos de la creación artística. Así lo consideramos y por eso nos seguimos llamando Laboratorio.

Carmen Losa

Actriz, dramaturga y directora teatral

Directora del Laboratorio William Layton