Hay un momento en el que el personaje todavía no existe. Está en el aire, entre las páginas del guion, esperando cobrar cuerpo. El actor o actriz llega al camerino con su rostro, su pelo, su ropa; y sale de allí con otra mirada, otra postura, otra forma de estar. En ese tránsito intervienen tres artes fundamentales: el vestuario, el maquillaje y la peluquería. Oficios que, más allá de embellecer o disfrazar, construyen la verdad visible del personaje.
En Actores Actrices Revista, reunimos a profesionales del sector como Bubi Escobar, Pepe Reyes y Ángela Centeno, así como de diferentes intérpretes -Alberto Amman, Aitor Luna, Manuela Velasco, Zoe Bonafonte e Ingrid García-Jonsson- que se han sentado con nosotros para contarnos sus experiencias en estos procesos imprescindibles a la hora de meterse en el personaje.
A menudo se dice que la interpretación comienza en la piel, pero, en ocasiones, también en el tejido que la envuelve. Un traje que aprieta o un zapato incómodo pueden cambiar la forma de caminar de un intérprete, por ejemplo. Lo saben bien los equipos que trabajan detrás del espejo, que levantan los cimientos del personaje.
“El diseño de vestuario comienza siempre con la lectura del guion”, explica Bubi Escobar, responsable del vestuario en series como El Ministerio del Tiempo o Las pelotaris 1926. “A partir de ahí voy desarrollando el diseño teniendo en cuenta su personalidad, nivel social y la ambientación”.
En El Ministerio del Tiempo, Escobar tuvo que vestir a personajes que saltan entre siglos, y asegura que ha sido el proyecto que más le ha marcado: “Cada uno venía de una época diferente, y debían vestirse también en la actual. Fue un reto enorme: manejábamos hasta cuatro líneas temporales por capítulo”. También nos cuenta el desafío que supuso confeccionar para Las Pelotaris 1926 no solo el vestuario y la ropa de entreno y uniformes, sino también el calzado y las bolsas de las raquetas.


Bubi Escobar

Vestuario reparto serie 'Las pelotaris 1926'
Además, Bubi coincidió en Velvet con Manuela Velasco y Aitor Luna, que nos cuentan cómo el vestuario fue imprescindible para integrarse en la época de los 60-70 en una serie que, precisamente, contaba la historia de unas galerías de moda y sus trabajadoras.
Aitor, que interpretaba a Humberto Santamaría, habla de su personaje: "Es todo un galán lleno de conflictos, un actor de moda al que todas las mujeres adoran", por lo que su vestuario y su estética general eran puntos clave para el papel.
Según Manuela, Velvet es un tipo de serie que transporta a épocas donde “visualmente todo es precioso y hay una evasión estética para el espectador”. También nos habló sobre la importancia del vestuario en las diarias como Valle salvaje, “poner en juego emociones, durmiendo poco y con esos trajes encima que pesan 40 kilos, que pasas calor, frío… me parece prodigioso”.

Manuela Velasco en 'Velvet'

Aitor Luna en 'Velvet'
El figurinista Pepe Reyes, con más de tres décadas de trayectoria y responsable del vestuario en producciones como Nacho, Isabel o Manual para señoritas, nos cuenta que lo mejor de su profesión es “pasar de vestir a reinas católicas, a señoritas del silgo XIX o a actores porno de los 90”, asegurando que, al contrario de lo que pudiera parecer, “a veces, dar credibilidad a un jersey contemporáneo que lleva una madre de familia en paro es más complicado que alquilar un batallón de la guerra civil”.
Reyes se encargó del vestuario de la aclamada La catedral del mar, donde también participó Aitor Luna, que cuenta, por ejemplo, el uso de la barba postiza, necesaria para su personaje, Arnau, sobre todo en el momento en el que vuelve de la guerra: "La barba es mitad mía, mitad postiza. En ese contexto, los pelos juegan un papel fundamental, pero no la llevo todo el rato", dice entre risas.
Para Pepe Reyes, el vestuario no solo viste: dirige. “Cuando imparto clases, siempre explico la magia que se produce al trabajar con los actores. Llevar un corsé, que puede parecer lo más incómodo del mundo, les ayuda a caminar y sentarse como el personaje que imaginan. Igual ocurre con una chaqueta demasiado ajustada a propósito para la incomodidad o carencia que requiere el personaje”, nos cuenta.
En esto coincide la actriz Zoe Bonafonte, que asegura que en Manual para señoritas colocarse el corsé ya le daba información del personaje: “Es verdad que yo tenía que hacer de una anti-señorita macarra. El día de la prueba de vestuario cuando vi que habían mezclado vestuario femenino con masculino, con chaleco, un pañuelo de hombre, una camisa con gemelos… dije «vale, ya entiendo por dónde va esta tía»”. Como nos cuenta Pepe, “los complementos a veces son imprescindibles para aportar al perfil psicológico del personaje”.


Pepe Reyes

Zoe Bonafonte en 'Manual para señoritas'
También en el rostro del actor o actriz se condensa buena parte de la historia que cuenta. Para Ángela Centeno, jefa de maquillaje de la serie Superestar y colaboradora en producciones internacionales como La casa del dragón o Jack Ryan, ese proceso es fundamental para que los intérpretes se vean reflejados en esa nueva identidad: “Hay quienes construyen su personaje de dentro hacia fuera, pero también quienes lo hacen de fuera hacia dentro, y ahí nuestro trabajo es esencial: darles esa primera capa que les ayuda a sentirse como el personaje”, afirma.
Sobre su experiencia en rodajes internacionales, Centeno relativiza la presión: “Puede parecer que la visibilidad es mayor, pero la esencia del trabajo es la misma: dedicación y cuidado. Cambia la magnitud del equipo, pero no el compromiso”. Y Superestar, donde los intérpretes debían transformarse en figuras reales, fue el reto más exigente de su carrera, marcando un antes y un después: “Muchos llevaban prótesis y procesos largos de caracterización. El compromiso debía ser total y estar al 100% de cada detalle”. Además, al tratarse de personajes públicos muy reconocibles, la exigencia era aún mayor, pues el espectador tiene grabada su imagen: “El reto fue lograr la semejanza sin perder la esencia del actor.”
Como nos cuenta la actriz que protagoniza la serie interpretando a Tamara, Ingrid García-Jonsson, todos los días debía exponerse a largas jornadas de caracterización, llegando antes y saliendo después. Afirma que es algo muy duro: “Todos los días me afeitaban las cejas, tenía las uñas súper largas, que cada vez que me metía el dedo en la nariz me hacía sangre porque no calculaba bien, un horror. La piel sufre mogollón, y pasar tanto tiempo así con gente manipulándote, tocándote constantemente es muy duro”. Sin embargo, agradece el proceso: “Solo con estarme quieta ya veía al personaje y no a mí, es una herramienta ¡magnífica! -exclama entusiasmada-, ojalá pudiéramos usarla más”.

Ángela Centeno

Ángela Centeno caracterizando a Ingrid García- Jonsson de Tamara
También Ingrid García-Jonsson asegura que siempre intenta proponer cosas en las pruebas de vestuario y maquillaje: “Si el director lo tiene clarísimo, a muerte, lo voy a incorporar, pero si ves que tienes voz, está bien usarla”. Así lo hizo para Una ballena y, más tarde, para Rafaela y su loco mundo: “Hago de adolescente, así que necesitaba anular lo que me hacía sentir una mujer adulta; ¿cómo me quito eso para poder mirarme y decir «tengo 15 años y soy idiota»?”. Además, puntualiza algo que considera muy importante: “Siempre sin caer en esta cosa de querer salir guapa, si no, ahí hay traición a la verdad. Maquillaje sí, pero para contar la historia”.
Y más allá de la técnica y el diálogo, están los lazos que se generan. “Es fundamental crear un vínculo con cada actor. Trabajamos directamente con su rostro y su cuerpo: es esencial generar un espacio de confianza y comodidad mutua, solo así podemos lograr que el intérprete se sienta seguro y acompañado en un proceso tan íntimo y creativo”, cuenta Ángela Centeno. En Superestar, por ejemplo, nos cuenta que comenzaba muchas mañanas brindando con “chupitos de ibuprofeno” con Ingrid.

Ingrid García - Jonsson durante el rodaje de 'Superestar'
Para Bubi Escobar y Pepe Reyes, el diálogo con los actores y actrices es clave. A Reyes le gusta escuchar “sus manías, alergias, posibles lesiones y evitar futuros contratiempos en pleno rodaje”, mientras que Escobar cuenta que suele hablar con ellos antes de las pruebas de vestuario. “Y si tienen alguna sugerencia, lo hablamos, para enriquecer el personaje”. Por ejemplo, el actor Alberto Amman nos cuenta que, para interpretar a Pacho Herrera en Narcos, tras componer su personaje a raíz de una especie de lagarto colombiano, pidió que el colgante del narcotraficante tuviese esa forma: “Al final fue un cocodrilo, pero lo sigo conservando”.


Alberto Amman en su personaje de Pacho para la serie 'Narcos'
Además, Pepe Reyes nos cuenta que su sastrería se transforma en espacio seguro y de celebración: “Hay momentos de mucha concentración y tensión, pero también es un pequeño refugio, donde los actores y actrices son bienvenidos para compartir anécdotas y a veces puede convertirse incluso en un gabinete psicológico improvisado”.
Para Bubi Escobar, la relación con los intérpretes es muy estrecha al ser compañeros de trabajo en situaciones complejas e irrepetibles. Ejemplos como Guerreros donde todo el equipo “hizo piña” ante la situación complicada de rodaje en los Pirineos; o Lost in La Mancha, protagonizada por Johnny Depp y Vanessa Paradise, e inacabada a causa de las fuertes lluvias y granizo. “Estábamos rodando en las Bardenas Reales y el terreno se convirtió en un río rápidamente, se llevaron a Johnny y a todo el que pudo huir. Nos quedamos compañeros de maquillaje, arte, sonido… y nos tuvimos que subir a un montículo para no ser arrastrados por el agua. Nos rescató el departamento de luces con cuerdas y nos llevaron al campamento en una pick up, donde viajamos con Terry Gilliam, absolutamente cubiertos en barro”.
El vestuario, el maquillaje y la peluquería no son meros adornos: son lenguajes que hablan del tiempo, de la personalidad y del contexto. Son, en definitiva, los oficios que dan rostro a la ficción. El espectador piensa en ellos poco, pero sin su trabajo la emoción no encontraría cuerpo. Por eso, cuando el público recuerda una mirada, un gesto o un silencio, también está recordando el trabajo de quienes, con brochas, alfileres y tejidos, ayudaron a construirlo; los imprescindibles del personaje. Los que, sin aparecer en primer plano, consiguen que la ficción tenga piel, textura y alma.
Texto: Fátima L. Ortiz
Diseño: Alfonso Gómez
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