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LA MELODÍA

DEL CINE

La música no se limita a acompañar la historia: también la cuenta.
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Por: Unión de Actores y Actrices

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Hay películas que recuerdas por una escena. Otras, por un personaje y luego están esas que, sin saber muy bien por qué, empiezan a sonar en tu cabeza en cuanto piensas en ellas. Porque sí: el cine también se escucha.

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La música es ese personaje que nunca vemos, pero que está ahí, metiéndose por debajo de las imágenes y diciéndonos, casi al oído, qué deberíamos sentir. Y lo curioso es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta. Una escena puede ser romántica, inquietante, triste o directamente terrorífica dependiendo de lo que esté sonando de fondo, cambias la música y, de repente, parece que has cambiado de película.

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Pensemos en alguien caminando solo por una calle, nada especial, pero ponle una melodía alegre y parece que va camino de encontrarse con alguien. Ponle un piano triste y ya estamos todos preocupados por su vida, añade unos violines que suben poco a poco y, sin necesidad de que aparezca nadie, sabemos que algo malo está a punto de pasar. El pobre personaje solo estaba caminando, pero la música ya nos ha contado media historia.

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En el cine de terror esto es casi una ley, muchas veces el villano ni siquiera ha aparecido y nosotros ya estamos escondidos debajo de la manta, ¿por qué?, porque la música se ha encargado de avisarnos. Unas notas graves, un sonido que se repite, un silencio demasiado largo… y nuestro cerebro empieza a hacer el resto. La música consigue algo bastante increíble: hacernos tener miedo de algo que todavía no hemos visto.

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Pero no todo va de sustos. La música también puede enamorarnos, emocionarnos, hacernos reír o devolvernos de golpe a una época concreta. Hay melodías que están tan unidas a una película que resulta imposible escucharlas sin visualizar automáticamente una escena. Las primeras notas de Tiburón, por ejemplo, ya nos ponen en alerta, un tema de Star Wars nos lleva directamente a una galaxia muy, muy lejana, y escuchar Volver, es recordar inmediatamente a Pedro Almodóvar. Ahí está una de las grandes maravillas de una banda sonora: se convierte en memoria.

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Compositores como John Williams, Ennio Morricone, Bernard Herrmann o Hans Zimmer han conseguido que sus músicas sean tan reconocibles como los propios personajes. A veces ni siquiera necesitamos saber qué película estamos escuchando, bastan tres o cuatro notas para que nuestro cerebro diga: “es esta”, y entonces aparecen las imágenes, los personajes, las emociones… todo de golpe.

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Y si alguien piensa que las bandas sonoras españolas juegan en segunda división, que se lo cuente a Hollywood. La música hecha aquí también ha conseguido hacerse un hueco entre las grandes. Javier Navarrete llegó a los Oscar con El laberinto del fauno en 2007, mientras que Alberto Iglesias ha convertido la internacionalización de la música española casi en una costumbre: ha sido nominado cuatro veces al Oscar por El jardinero fiel, Cometas en el cielo, El topo y Madres paralelas.

 

Y no hablamos solo de nominaciones: Iglesias ha recibido premios en festivales como Cannes y cuenta con una trayectoria internacional trabajando con directores como Pedro Almodóvar, Ridley Scott, Steven Soderbergh o Fernando Meirelles. Además de grandes otros creadores, célebres en este campo, como Antón García Abril, José Nieto (El rey pasmado, Juana la Loca y El perro del hortelano), Fernando Velázquez (El orfanato, Lo imposible y Un monstruo viene a verme), Roque Baños o Bernardo Bonezzi, entre otros. 

 

Es decir, que aquella idea de que una gran banda sonora tenía que venir necesariamente de Hollywood hace tiempo que dejó de tener sentido. España también sabe ponerle música a las grandes historias.

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Una buena banda sonora no solo acompaña lo que ocurre. También puede contar cosas que los personajes no dicen. Puede decir que alguien está enamorado antes de que se atreva a confesarlo, que algo no va bien, aunque todos estén sonriendo o que una despedida va a doler más de lo que parece. Y, curiosamente, también puede hacerlo desapareciendo, porque el silencio, aunque parezca que no tiene nada que ver con la música, es una de sus mejores herramientas. A veces una escena necesita una orquesta entera, otras veces necesita simplemente una respiración, unos pasos o el sonido de una puerta cerrándose. Quitar la música en el momento adecuado puede ser mucho más potente que añadirla. El silencio también cuenta.

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Y esto no ocurre únicamente en el cine, las series han convertido sus canciones y sus temas principales en auténticas señas de identidad. Hay melodías que escuchamos durante unos segundos y ya sabemos que estamos entrando en el universo de una determinada serie. Cada vez hay más historias audiovisuales y, con ellas, más formas de utilizar la música para atraparnos.

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Quizá por eso las mejores bandas sonoras tienen algo que va más allá de la película, consiguen escaparse de la pantalla. Las escuchamos mientras conducimos, mientras estudiamos, en un concierto o simplemente porque un día nos apetece volver a sentir aquello que sentimos cuando vimos la película por primera vez, y ahí está la clave, una imagen puede mostrarnos que un personaje está triste. La música puede conseguir que nosotros también lo estemos.

 

Puede hacernos sentir nostalgia por un lugar en el que nunca hemos estado, miedo ante algo que todavía no ha sucedido o emoción por una historia que ni siquiera es la nuestra. Por eso la próxima vez que veamos una película, quizá merece la pena prestar un poco más de atención a aquello que suena —y a aquello que deja de sonar—, porque detrás de cada gran escena puede haber una melodía haciendo mucho más trabajo del que parece.

 

Al final, una película no solo se mira. También se escucha.

Y cuando una banda sonora es realmente buena, los créditos pueden terminar, la pantalla puede quedarse en negro y nosotros podemos salir del cine… pero la película todavía sigue sonando dentro de nuestra cabeza.

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* Os acercamos una selección de algunas de las películas más emblemáticas de la historia del cine, cuyas bandas sonoras han trascendido la pantalla para convertirse en melodías inolvidables, capaces de despertar emociones y permanecer en nuestra memoria.

el cine que
recuerda por
nosotros

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